El impulso milagroso que levanta la humanidad hacia la conciencia de su destino

La crítica marxista de la historia se remitía ante todo a las condiciones materiales de la vida social. La actitud venía impuesta por la urgencia de los problemas inmediatos, el del pan cotidiano en particular. El inmenso esfuerzo de lucidez hecho por élite revolucionaria durante sesenta años ha transformado efectivamente Europa. Capitalistas y Estados han ido adopatnado poco a poco las formas sugeridas (cooperativas, sindicatos) alejándolas de cualquier significado social. Desde entonces, los jefes del proletariado no han cesado de traicionar, al final de su carrera, a aquellos que habñian hecho posibe su celebridad y que habían puesto en ellos sus esperanzas. A pesar de estas deserciones, la fuerza obrera está aún presente y lista par ala gran experiencia de liberación; en ella, en las profundidades del inconsciente de masas, se encuentra la reserva de vida intacta dirigida hacia el porvenir. Pero las rupturas reiteradas que dividen la Internacional de los oprimidos y la facilidad con la que grupos y hombres reniegan de sus promesas demuestran que la comunidad no está realmente soldada, sino que se encuentra en estado de agregado heterogéneo. La reivindicaciones materiales, por urgentes que sean, no son un vínculo suficiente ni un cimiento lo bastante sólido. Millones de personas esperan la señal válida en la consciencia y en la sensibilidad que les permita reconocerse para siempre diferentes de sus amos y de los esclavos, sus predecesores. Saben, confusamente, que ya no basta sacar concesiones a los poderosos  y a los ricos. En este sentido, casi se ha alcanzado el límite. Tras varios años en la oposición, ahora conviene asumir la dirección y la iniciativa de las operaciones. El periodo de análisis ha terminado y empieza el de la construcción, la cual exige entenderse a todos los planos de la inquietud humana.

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En el lado ruso, ninguna ideología general, fuera de un llamamiento cada vez más vago dirigido a la revolución proletaria; en el lado alemán, una mística confusa de la raza mezclada con el culto a la tierra y al universo. En ambos campos el esfuerzo primordial se orienta hacia la organización colectiva de u Estado fuertemente jerarquizado pero sin clases. Todo se orienta a mejorar la producción, racionalizar los intercambios interiores e internacionales y suprimir el embrollo. En ambos campos se crea una verdadera religión de movimiento y de la juventud que no cesará de ser impresionante. Confieso que, a pesar de las persecuciones, habría sido muy difícil hacerse una idea del valor de la revolución alemana de no haber sido por su intervención en España: la mayoría de las actividades absurdas del régimen habrían podido explicarse por la gran pobreza del país y por los lentos y solapados ataques de las naciones vecinas. La guerra de España constituye el acontecimiento sensacional que servirá de prueba para apreciar los diversos componentes de la realidad colectiva de hoy de mañana. Es un fenómeno misterioso. La importancia que le atribuyo podría parecer exagerada a los espíritus superficiales que no conocen la virtud mágica que adquieren ciertos lugares en determinados momentos . Que nadie piense que mi emoción procede del salvajismo y la duración de la guerra civil. Si sólo se tratase de calcular el número de muetos, la guerra de 1914 ocuparía el primer puesto; si tuviéramos que referirnos al carácter inmundo del combate en cuanto a la aniquilación de mujeres y niños, no hay duda de que aventuras como las de Etiopía o de China son todavía más repugnantes. El valor incomparable de la contienda española reside en el hecho de que se presenta con nitidez casi simbólica. La lucha de un pueblo desprovisto hasta entonces de cualquier conocimiento y de cualquier técnica moderna, sin otra fuerza que la de su rebelión y su conciencia contr ala unión de todas las internacionales de opresión, de todas la potencias europeas y mundiales (cristianismo, capitalismo seudodemocracias liberales) reviste un aspecto homérico en el que late el nacimiento de un mito. Es característica la llegada espontánea de combatientes procedentes de todos los países del mundo; no de especuladores ávidos, que sin duda los hubo, sino de todos los desesperados y de todos cuantos sufren; estos oprimidos habían reconocido en ese drama su propio drama, su última esperanza en la tierra de una vida al fin humana. Incluso me atrevería a afirmar que se produjo la adhesión inmediata de todas las sensibilidades exentas de podredumbre. No era mayor la probabilidad que existía para que la humanidad retuviera las hazañas de una banda de exaltados reunidos antaño en torno a un agitador judío. Y sin embargo se han fundado más siglos de esperanza en dichos personajes que en el virtuoso Marco Aurelio. Teniendo en cuenta todas las evaluaciones, los cálculos más dispares, los impulsos sensibles, profundos y controlados, afirmo que hemos asistido al nacimiento de un mito inmenso. La España revolucionaria no es la expresión total del Bien, el futuro atenuará sus efectos, pero contiene el Bien. El impulso milagroso que levanta la humanidad hacia la conciencia de su destino ha tomado allí una forma ejemplar. Todo cuanto podía generar dudas respecto al esfuerzo alemán se desvanece de golpe. En el comabte de la vida contra la muerte, el seudoprofeta d ela alegría ha llenado los osarios sin riesgos.

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Nos equivocaríamos al imaginar que esta evolución va a producirse de manera continua y que la destrucción de Europa, en provecho de su resurrección simétrica, tendrá la apariencia de una simple hoguera como las que se encienden en nuestros campos para quemar los deshechos. Deben preverse nuevas visicitudes ofensivas de la vida.

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El fenómeno está demasiado avanzado como para no percibir las conclusiones a las que se acabará llegando. Un principio, que podría llamarse monismo en el anticuado vocabulario de la filosofía, prevalece. Esto significa que los hombres habrían reducido, por fin y por largo tiempo, las antinomias que los mantienen desmembrados. Habrán encontrado, al final de un inmenso camino discursivo, su lugar en el universo. Habiéndose reunido, tanto en la ciencia como en la actividad sensible, la necesidad natural y la necesidad interior, quedará suprimido el dualismo fundamental. Está ciego aquel que no percibe que todas las ramas de la investigación conducen actualmente a esta certeza clara. A semejanza de los filósofos griegos de la época precristiana, habremos visto con inteligencia. Corresponderá a nuestros sucesores vivir esta unidad de la materia y del espíritu, del mundo y del hombre, que para nosotros todavía es sólo un concepto. En ete pasaje es cuando podemos hablar de la encarnación necesaria: la idea se transforma en sensación vivida. La encarnación tendrá un carácter colectivo. El actual totalitarismo, que pretende ser dicha conclusión, no es más que un esbozo y una parodia exterior. Equivale a lo que había sido la epopeya de Augusto, término de un mundo acabado, respecto a la de Cristo, comienzo de un ciclo. Será fácil darse cuenta de que el estudio del determinismo social, lejos de conducir a un complaciente fatalismo, suguere, al contrario, la necesidad de una lucha muy dura y muy dolorosa para que pueda cumplirse el destino indispensable de la Rebelión humana permanente.

Egrégores. O la vida de las civilizaciones. Pierre Mabile.1936

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