1%

Somos el 1%

Os hemos visto. Os hemos oído. Ahora estáis en todas partes. Sabemos quiénes sois. Sois el 99% que protesta contra los excesos del capitalismo y los abusos del Estado. Sois el 99% que exigís reformas electorales, alternativas sociales, subvenciones económicas y medidas políticas. Sois el 99% angustiado por perder vuestro futuro, por no ser capaces de vivir como lo han hecho hasta ahora: un trabajo, ingresos, un crédito para la casa, una pensión de jubilación. Se os deja vivir, al menos. Hacer una carrera como máximo. Eso es lo que pedís. No queréis pagar la “crisis”, queréis que todo sea como antes. Que nadie apague las pantallas que se han secado todos los días de vuestras vida, que la han privado de todo significado y emoción, condenándola a la tristeza de la supervivencia. Y con todo, les pedís a los gobiernos y a los bancos, para que la democracia sea esto: líderes que no estén interesados ​​en el poder sino por el bien común, buenos banqueros, que no estén interesados ​​en la ganancia, sino en la felicidad del pueblo. Como en los cuentos de hadas, como en las películas.

A la espera de un final feliz que  tarda en llegar, no podéis tolerar que algunos no compartan su resignación alucinante. Desde Madrid a Atenas, de Roma a Portland, ya estáis listos para detener, golpear y condenar a estos locos que no ven a las instituciones como garantías de libertad sino como las causas de la pobreza y la opresión. La venganza, que no apreciáis más que en el cine, pero una vez que la máscara cayó, preferís la sumisión. Frente a una sociedad tan odiosa como podrida, lucháis por una protesta civil, comedida, educada. Una protesta que siempre está a vuestra altura: de rodillas.

Ahora sabemos quién es ese 1% que odian tanto. Con vuestros cordones, con vuestros servicios de orden, con vuestras acusaciones, habéis hecho comprender a todos quién es su verdadero enemigo. Ciertamente, no es la clase dominante, a la que habláis con respeto. Somos nosotros. Nosotros, los que no tienen Estado para defender o mejorar. Nosotros, que no tenemos mercado para proteger o explotar. Nosotros, que no queremos ejercer ningún tipo de autoridad. Nosotros para quienes la vida no es una tarjeta de membresía que amortigüe o una cuenta corriente que nos permita estar a salvo. Nosotros, para los cuales la crisis no nació con las recientes especulaciones bursátiles, o debido a la incapacidad de los que actualmente se sientan en el Parlamento, sino al someterse a este orden social en todos sus aspectos. Nosotros, para quienes todos los días son precarios en este mundo que no deseábamos, que no reconocemos, que nos ahoga.

No queremos tener nada que ver con vuestro 99%. Con vuestro reclamo a un capitalismo moderado y un Estado correcto. Con vuestra política de aspecto majestuoso, que reduce el poder y el privilegio al tamaño de una tarjeta de crédito. Campamento urbano con su boyscouts nostálgicos. Con vuestra identificación de un adversario – el origen de la “injusticia” – aún más evanescente, intangible y lejos nuestras posibilidades. Con vuestros brazos todavía más tolerantes con los políticos, los empresarios y los perros de guardia, y aún más fuertes contra los rebeldes. Con sus acciones siempre más fiables que se ha convertido en un intervalo cálido entre dos status quo. No, no queremos vuestra reforma, vuestro colaboracionismo, vuestro trabajo alienado, vuestras siniestras reclamaciones que, a fuerza de ser calentadas, son buenas nada más que para inducir el vómito.

Sabemos las causas reales del sufrimiento que experimentamos: la sed de poder, el culto al dinero, pero también la obediencia de los que exigen y reciben. Estas causas se perpetúan en la vida de los seres humanos por las acciones, los gestos, los informes que se entrelazan dentro de una sociedad de la que nos sentimos extranjeros en todas partes. Y estas causas – que deben ser rechazadas, abandonadas, demolidas – han encontrado lugar en vuestro movimiento. No nos hemos sentido nunca cómodos en el 99% de la vida moderna, hacer fila para pedir algunas migajas, y sin embargo os empeñáis en defender el 99% del problema. Vamos a buscar nuestras oportunidades en otros lugares. A través de las esperanzas, sueños y acciones de los que se han ganado vuestra condena.

En cuanto a vosotros, continuad cruzando el océano de la indignación universal. Izad vuestras velas, y pasad las cuerdas a los burócratas y policías. Compartid el espacio y el aire con las heces que hicieron de la vida en este planeta algo insoportable. Seguid recto hacia nuevas tierras, las botas todavía llenas de la mierda de ayer. No vamos a entrar en el barco, mejor descendemos. Nos mantendremos en las balsas que despreciáis tanto, porque son demasiado pequeñas y demasiado ligeras.

Pero tened cuidado. Un barco que navega a bordo con nuestros enemigos es una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar. ¿Os réis? No nos temáis porque no tengamos la fuerza para hacer un abordaje. Nos habéis entendido mal. El oro no nos interesa, no queremos tomarlo. Queremos que se hunda con toda su carga de muerte. Para tener éxito, no necesitamos una flota majestuosa, sólo un agitador [‘s nota: juego de palabras que funciona también en francés. Un agitador es tanto un “barco cargado con productos incendiarios diseñados para destruir las flotas enemigas” como un sinónimo de “panfleto virulento”.]. Pequeño y ligero.


Traducido del francés (Brèves du Désordre) y éste de un original italiano (Finimondo)

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